
No voy a ser yo ahora quien explique lo que es la amistad: sería pretencioso y petulante. Se ha hablado ya tanto de lo que es, de lo que significa…
Prefiero hablar de mis amigos, a todos y cada uno de los cuales siento como una cajita enterrada en el jardín por un niño. Por suerte mi jardín esta lleno de montoncitos de arena revuelta y no me cuesta casi localizarlas cuando las necesito.
Hay, de mis amigos, a quien amo, y quien me ama, quien me valora, quien me necesita… Tengo amigos Gran Reserva, solo para embriagarse en ocasiones especiales, y amigos Tortilla de Patatas, para sobrevivir con gusto. Algún que otro hay demasiado pasional y tormentoso, pero que nunca acaba de desaparecer del todo.
Todos mis amigos son de primera, o sino no lo son. Quien me conoce sabe bien que nunca me han gustado los subproductos, y menos en cuanto a la amistad. Se que estoy entre los amigos de tercera de alguien, y hago como que no lo se, para no calentarme la sangre. Nunca merece la pena calentarse la sangre por estas cosas, porque los amigos van y vienen, y amanecen y atardecen como soles que siempre vuelven a salir, y que si no, quedan en el recuerdo como preciosos atardeceres.
Habéis venido de cualquier parte: de las conversaciones para arreglar el mundo, de las cosas en común, de las noches de pasión y sorpresa, de la maduración del amor, del deseo dominado, de la pura necesidad de compañía…
Gracias por apuntalar mi cordura y poner estrellas a mis noches vacías.



